El negocio del piojo

Eva Higueras 17/03/2021 142
Sólo odio a un ser en este mundo: al piojo
Hay pocos seres a los que odie, pero hay uno al que odio con todas mis fuerzas, y mira que es pequeñito el condenado, ¿Eh? 
 
Me está persiguiendo desde hace años. Bueno, a mi no. Persigue a mis hijas, pero soy yo la que sufre las consecuencias, pues soy yo la que pasa horas luchando contra él. Y no solo sufro por las horas que pierdo en la batalla, sino que también sufre mi economía. 
 
Sabeis de quién hablo, ¿no? Pues hablo de los piojos. ¿Cómo es posible que en un periquete los laboratorios mundiales sean capaces de idear vacunas para un virus de reciente aparición y que no haya ningún medicamento capaz de erradicar de manera definitiva la aparición de los piojos en la cabeza de los niños? 
 
No, no me digáis que hay champús y lociones para ello. No. Esto no me sirve. Yo ya soy experta en la materia con años a mis espaldas, probando todos aquellos que iban apareciendo. 
 
Al principio, cuando mi hija mayor era pequeña, la gama de productos para la eliminación de piojos era de uno o dos productos: se reducía a un champú, una loción, un gorrito de plástico y una liendrera. 
 
Ahora puedes elegir si quieres el producto en spray, en loción, en champú, con o sin insecticidas, con o sin ingredientes químicos, con o sin pesticidas. Y, claro, la tecnología también ha llegado al mundo del piojo. ¡Y alucina, vecina! Nos encontramos con el aspirador de piojos, el cual ahora yo solo he visto a la venta en internet, y también la liendrera eléctrica (la cual reconozco, la verdad, que yo me compré en un momento de gran desesperación). 
 
Y si, es que es desesperante. Desesperante e indignante, porque te indignas cuando vas a comprar un producto anti-piojos y te cuesta una cantidad indecente de dinero. Y claro, cada potecito como mucho te sirve para dos ocasiones, y puede que no sea suficiente. ¡Y venga! Vuelve a comprar. Y como decía al principio el producto en sí no sirve de nada si después no te pasas un buen ratito pasando la liendrera. 
 
Cuando el hartazgo es ya supremo, no te queda otra que llevar a tu hija a uno de los centros que ahora han proliferado en los que se dedican exclusivamente a quitar piojos. 
 
Claro, de entrada te dicen que no sólo se ha de tratar a la niña afectada, sino todos los convivientes de su casa, por qué vamos, segurísimo que también están infectados. Como estás tan agobiado cierras los ojos y dices que sí, que sí, con la cabeza. ¡Venga, suma y sigue y saca la cartera, claro! 
 
¿Pero alguien me puede explicar como es posible que cada año los piojos llegan solitos a todos los colegios sin que nadie les haya invitado? 
 
Porque nadie les invita, ¿No?