Mi experiencia con los animales

Eva Higueras 25/11/2020 461
He decidido que los únicos animales que voy a tener en casa sean el cerdito, perrito, y el conejito de peluche de mi hija
Me ha llegado una invitación para participar en una charla titulada 'Como un animal de compañía puede facilitar los vínculos, cambiar conductas de las personas, etcétera' y entonces me ha venido a la mente mi experiencia personal en cuanto a mi relación con los animales. 
 
El primer animal que tuve en casa (claro en casa de mis padres, yo era pequeñita) fué un periquito precioso azul y blanco. ¿Y por qué un periquito y no un precioso canario? Pues porque en mi casa mi padre era periquito, o sea, del Real Club Deportivo Español, y entonces eligió esta especie que como ya os he dicho para completar el simbolismo era azul y blanco. 
 
El perico era bastante coñazo (perdón por la expresión) porque como todos los pericos no tiene un tono de voz o un canto que pueda resultar muy agradable, son más bien grititos irritantes. Pero además a este le enseñamos palabritas que no paraba de repetir y era entonces, cuando en el momento en que nadie me veia, daba (sin querer claro) un pequeñito golpe en la jaula que hacía que por unos instantes el perico estuviera asustado, amedrentado y por fin callado. 
 
En un paseo con las Ramblas de Barcelona, cuando todavía se podían vender animales en ella, iba yo de paseo con mi padre y se me antojó una tortuga. Y mi padre, que no sabía decirme que no, me compró no una sino dos tortoguitas con su pecerita, sus piedrecitas y su palmerita para decorar. Los gustos van cambiando y evolucionando y reconozco que en la actualidad estas tortuguitas me tan un poquito de repelús. Pero mira, se ve que de pequeña me hacían gracia. 
 
Pusimos la piscina de las tortugas encima de la nevera (es que antes eran más bajitas que ahora) y dispuse las piedrecitas y las palmeras de tal manera que mis tortuguitas estuvieran cómodas. No caí en que las piedras dispuestas una encima de otra permitían que las pequeñas pudieran subir hasta allí. Al día siguiente de haberlas comprado fui a darles de comer y las tortuguitas no estaban. Aparecieron detrás de la nevera donde estaba el motor, posiblemente electrocutadas. Imagino que se subieron en las piedrecitas y se tiraron al vacío. 
 
En los mercadillos suelen vender pollitos de colores, rosas, azules (o antes, ahora no lo sé) y lo normal es que estos pobrecillos pasen a mejor vida a los pocos dias de adquirirlos. Mi madre debió de cuidar muy bien al pollito rosa que me compró, porque a los pocos meses teníamos a un enorme pollo paseando por el terrado, y a los vecinos enfadadísimos por el ki-ki-ri-ki ki-kri-ki constante del susodicho. 
 
En un domingo normal en casa de mis padres tradicionalmente siempre se ha comido paella. En un dominco que nunca olvidaré vi que la paella era diferente. ¿Por que? Pues porque no tenia gambas, ni mejillones, y habían unos tropezones de carne. Pregunté qué carne era esa. 
 
Decir que ese dia no comí paella y los vecinos a partir de ese fin de semana dejaron de oír el ki-ki-ri-ki del que fuera mi pollito rosa. 
 
Después tuve un conejo que mordisqueó todos y cada uno de los cables de casa y un gato que destrozó las cortinas porque trepaba por ellas. 
 
Si, lo sé. Que la compañía de animales en determinadas personas con problemas de salud puede resultar muy beneficiosa y la compañía que ofrece a personas que están solas es inestimable. Pero yo de momento prefiero no volver a tener a mi cargo a ningún animalito. Y si quiero animalitos ya cojo los peluches de mi hija, que entre conejos, pájaros que hablan, cerditos, el ratón Mickey Mouse y su novia Minney, y el perro pluto, vamos, creo que ya tengo bastante.